Bueno. Analicemos la situación: el punto específico de la cuestión, la piedra de cristal en el colchón que no deja dormir a London tranquila es que no paro de, no comer, TRAGAR desde que me puedo acordar. Y juro por lo más querido que pueda tener el oso panda que no hay nada MÁS desesperante que comer y comer y comer, y no poder parar. Para una persona común, ponele, no sería problema. Después de comer desesperadamente, como si nunca nadie la hubiera alimentado, después de haberse avanlanzado como una leona que protege a su cría de algún cocodrilo (?, se quejaría no más diciendo hay, estoy gorda, tengo una pancita. Y es obvio amor que te vas a sentir como una obesa de zumo si comiste como si alguien te estuviera robando la comida y fuera la útima vez que probaras bocado. Pero la mayoría de la gente se queda en eso, en la queja. Hablar es gratis, por consiguiente quejarse también. Pero yo NO. ¿A qué me refiero con esto? A que hay un día que trago a más no poder, me siento culpable. Entonces ¿qué hago? Sigo tragando porque no hay nada que me pueda sacar de adentro el gusto de desepción de mí misma. Me tiro a las manos desesperadas de la comida, para que me termine de hacer mierda, para que destruya lo poco puro que queda de mí. Cuando la comida diabólica terminó con su tarea, invade en mí un estado suicida. Y es literal. En ese momento no puedo dejar de pensar en que hay millonísimas calorías rondando por mi cuerpo, pegándose a mis caderas, piernas, brazos, cachetes, etc, convirtiéndose en grasa que queda ahí, marcada. Pienso que sería MUCHÍSIMO mejor morirme que aguantar tener un cuerpo gordo.
Ayer precisamente me pasó eso. Necesitaba salir de mi casa porque no paraba de comer ni un segundo. Era terminar de ingerir algo para agarrar otra cosa y así, todo el tiempo TODO. Salí. Iba en el colectivo y las lágrimas caían por mis mejillas sin forzarlas. Me sentía tan culpable por haber comido, y no solo eso, sino por haber comido TANTO. Pensé en que si me mataba había muchas cosas, las cuales siempre soñé hacer, que no las iba a poder llevar a cabo, pero ¿qué me importaba? Si en la eternidad iba a ser perfecta por siempre, sin tener que preocuparme por la comida. Además eso es lo que merecía. Morir por haber rompido la regla más sagrada.
Y ella me salvó. Podría asegurar que Joey es increible. Pongo las manos en el fuego por ella, sin dudarlo. Ayer me bancó. En conclusión, ella no sabía de mis planes suicidas ni mucho menos, ni que estaba mal, y nunca lo supo, ni lo va a saber; pero cuando le mandé un sms diciéndole que necesitaba salir de mi casa, si nos juntábamos por ahí, al toque me respondió. Probablemente, si no hubiera ido con ella a Rivadavia, hubiera ido sola y me hubiera matado. Es así. Eso iba a ser un hecho.
Igualmente, no va a estar siempre para salvarme. Un día nadie se lo va a esperar y yo me voy a matar. Un día, cuando como tanto que no pueda sobrellevarlo, me voy a matar.
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