Durante años sólo busqué agradarte, caerte bien, que me amaras con la intensidad que yo te amaba. Siempre consideré que mi presencia en tu vida no significaba nada, sin contar que mi persona se vio opacada toda la vida por Victoria, quien siempre fue tu predilecta. Llegué a sentir celos, envidia de ella por el simple hecho de acaparar toda tu atención. Nunca entendí qué me faltaba a mí para llegar a ser lo que ella para vos. Lo intenté, creo, todo y nada pareció funcionar. Cada vez que nos cruzamos en algún lado, las discusiones van subiendo de tono, las palabras son más hirientes, nos distanciamos más. Tal vez en algún momento lleguemos a ser dos personas que apenas se dirigen la palabra. No me gusta, debo decirlo. Extraño mucho esos tiempos en los que pasábamos horas y horas juntas, que me ibas a buscar al colegio y me llevabas a pasear. No sé por qué eso cambió.
Va a llegar el día en el que no estés más y nunca vas a saber cuánto te amé. Ojalá pudiéramos llegar a un aucerdo para dejar las peleas atrás. No sé que te hice, no se qué me hiciste. Solo sé que las cosas se dieron de esta manera y me gustaría poder cambiarlas.
Tendría que estar agradecida de todavía poder conservar a mi abuela porque muchas personas ya no la tienen y, seguramente, no es algo agradable, pero hoy la situación me sobrepasó: me empezaste a insultar y a amenazar sin justificación. Reaccioné y las cosas se tensaron aún más. No podías pretender que me quedara como una súbdita, sometida a tus maltratos. Lo que recibiste de mí no fueron precisamente palabras de amor. Ahora, en frío puedo entender que me pasé, que tendría que haber medido mis contestaciones pero es que no podía tolerar que vos me trataras de aquella forma. Lo lamento, pero no lo hace mi mamá, menos vos. Me quiero disculpar por lo que dije, pero me cuesta dar el brazo a torser. Cuando pasen algunos días, te llamaré y, por ahí podemos llegar a algo bueno. Quién sabe.
No hay comentarios:
Publicar un comentario